Fuera de guión | Cuando la cultura deja de ser adorno y se convierte en necesidad
Redacción
2026-05-01 10:00
La cultura no es un extra. Es una necesidad social. Tan importante como la educación, tan urgente como la seguridad, tan humana como la vida misma.
Hay algo que ocurre con frecuencia en muchos municipios: la cultura se vuelve escenografía. Se anuncia un “festival cultural”, se colocan luces, un escenario, tal vez un par de presentaciones artísticas… y al final, lo que realmente convoca es la venta de alcohol, los conciertos masivos sin contexto y una idea vacía de lo que significa hacer comunidad a través del arte.
No es que la música popular o los eventos masivos sean, por sí mismos, un problema. El conflicto aparece cuando se disfrazan de cultura sin serlo, cuando el arte se reduce a un requisito para justificar presupuestos o para darle “prestigio” a actividades que poco o nada tienen que ver con la formación, la reflexión o la expresión humana.
La cultura, y esto no es discurso, es necesidad, no debería ser un lujo ni un adorno institucional. Desde la perspectiva de la gestión cultural contemporánea, autores como Néstor García Canclini han insistido en que la cultura es un espacio de construcción social, donde se generan identidades, sentido de pertenencia y, sobre todo, posibilidades de transformación. Es decir, no es solo entretenimiento: es una herramienta para entendernos y mejorar como sociedad.
Por eso resulta tan importante hablar de festivales, ferias y encuentros que sí toman en serio el arte. Aquellos que no solo programan eventos, sino que generan diálogo, que acercan a la gente a otras formas de ver el mundo, que dan espacio a creadores locales y que apuestan por procesos, no solo por espectáculos.
En este punto, vale la pena reconocer que hay instituciones que han entendido esta responsabilidad. La Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, por ejemplo, ha consolidado una apuesta constante por la cultura no como evento aislado, sino como parte de su vida académica y social. Sus ferias, encuentros y programas permanentes demuestran que el arte puede y debe ser accesible, diverso y continuo, no solo protagonista en fechas conmemorativas.
Y es ahí donde entra una idea clave: la democratización de la cultura. Durante mucho tiempo, el acceso al arte se ha visto como un privilegio de élites o de círculos intelectuales. Pero esa visión no solo es limitada, es injusta. La cultura debe ser un derecho vivo, cotidiano, al alcance de todos. No como algo que “se consume”, sino como algo que se habita, se crea y se comparte.
Cuando una comunidad tiene acceso real a expresiones artísticas, cambia. Hay más diálogo, más sensibilidad, más capacidad de imaginar futuros distintos. Por el contrario, cuando la cultura se simula o se reduce a un pretexto, lo que se genera es vacío, desinterés y una oportunidad perdida.
Quizá ha llegado el momento de dejar de llamar “festival cultural” a lo que no lo es. Y, más importante aún, de exigir, como ciudadanos, espacios donde el arte sea tratado con la seriedad que merece.
Porque al final, la cultura no es un extra. Es una necesidad social. Tan importante como la educación, tan urgente como la seguridad, tan humana como la vida misma.
Autor: Alberto Ángeles
Conductor de SUMA Noticias
