La otra lectura | Gobernar o movilizar: la disputa simbólica detrás de la reforma electoral
Redacción
2026-03-13 11:27
Análisis de la reforma electoral de Claudia Sheinbaum: disputa política, movilización de bases y debate sobre consenso o confrontación en la democracia mexicana.
“La lucha política es una lucha cognitiva (práctica y teórica) por el poder de imponer la visión legítima del mundo social” P. Bordieu, 1997
La discusión de los últimos días que acompañó intensamente la propuesta de reforma electoral presentada por la presidenta Claudia Sheinbaum ante el Cámara de Diputados osciló fundamentalmente en el pantanoso terreno de la coyuntura, de la inmediatez. Es decir, en el terreno más conocido por nuestra clase política: las declaraciones de apoyos, rechazos, aritmética legislativa y cálculo estratégico de cada uno de ellos y sus grupos políticos de adscripción. Sin embargo, otra lectura de corte sociológico —particularmente desde el enfoque del campo político desarrollado por Pierre Bourdieu— nos permite situar la iniciativa desde otra perspectiva. No desde el, a esta altura, modesto intento de modificar las reglas institucionales, sino como un acto político estratégico inscrito en la lógica de las luchas simbólicas que estructuran la competencia por el poder en el campo social, donde verdaderamente importan.
Desde esta perspectiva, la iniciativa propuesta puede interpretarse como una acción lo más alejada de una política de Estado que persigue construir acuerdos duraderos sobre las reglas del juego democrático, en el ámbito electoral para asegurar la presencia política de los ganadores del último proceso de elección, que llevó a la actual presidenta y mayoría del congreso a encabezar el proceso de toma decisiones de los últimos casi tres años y dimensionarla más como una forma estratégica de acción política que persigue la movilización del conflicto. En el campo político, lo afirma Bourdieu, los actores políticos no sólo disputan posiciones de poder objetivo, escaños; sino también y, fundamentalmente, la capacidad de definir legítimamente el sentido, emocional e interpretativo, de lo público. En esa confrontación, las propuestas legislativas pueden funcionar como herramientas de acumulación de capital simbólico, que irremediablemente, entre otras cosas, refuerzan identidades políticas, delimitan adversarios y consolidan las bases de apoyo.
En este sentido, la propuesta de reforma electoral se apropia de un significado que sobrepasa con creces su contenido técnico. Se trasforma en un dispositivo político que estructura el debate público alrededor de una dicotomía simbólica entre aquellos que se asumen como promotores de la transformación institucional y quienes son tildados como los ruines defensores del pernicioso orden vigente. El resultado es una fuerte narrativa que moviliza adhesiones, pero que al mismo tiempo reduce considerablemente el espacio político para la construcción de amplios consensos democráticos.
El inconveniente de este tipo de acción política no radica únicamente en su perfil confrontativo —la política democrática inevitablemente contiene conflicto—, sino en el angustiante escenario que produce el visualizar sólo dos racionalidades distintas del ejercicio del poder. Desde una posición, la estrategia de la movilización política, que fortalece identidades colectivas sustentadas en la polarización; por otra, la razón de Estado, que persigue la construcción de acuerdos institucionales estables que mantengan la legitimidad del sistema en el largo plazo.
Desde esta mirada, el hecho de que la reforma no haya prosperado no reduce su significado político. Más que un intento fallido de transformación institucional puede entenderse como una intervención estratégica dentro del campo político. Este tipo de coyunturas permite al actor que la impulsa, a la presidenta y sus diputados leales, presentarse como políticos de cambio, identificando con claridad a sus adversarios y manteniendo activas a sus bases de apoyo. Así, dentro del fracaso legislativo, la propuesta produce efectos políticos, ya que reorganiza posiciones políticas, refuerza identidades frente al cambio y permite perdurar la narrativa exitosa de la confrontación.
La cuestión central permanece abierta: si esta o cualquier propuesta de reforma legislativa, que afecte las reglas del sistema democrático, deben ser tributarias de la lógica de la confrontación política o, por el contrario, a la búsqueda de acuerdos institucionales amplios. Dicho con mayor precisión, debemos construir o esperar que se construyan las reglas del juego democrático desde la disputa o desde el consenso. En esta tensión entre movilizar y gobernar se juega, sin duda, uno de los dilemas más profundos de la política actual en el país de cara al próximo proceso electoral.
Autor: Jorge E. Peña Zepeda
Director de bibliotecas y centros de información de la UAEH
